miércoles, 5 de septiembre de 2012

POESÍA LATINOAMERICANA DE VANGUARDIA II.

1920 - 1930
ARGENTINA.
OLIVERIO GIRONDO.

APUNTE CALLEJERO.
En la terraza de un café hay una familia gris.
Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa
sobre las mesas. El ruido de los automóviles
destiñe las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las pupilas.
Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda.
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto se arroja entre las ruedas de un tranvía.

EXVOTO.
A las chicas de Flores.
Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.
Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caíga en lavereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones,
para que susu vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás. - empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar; y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como un corsé,  ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacítos y arrojárselo a todos los que les pasan la vereda.
Buenos Aires, octubre, 1920
De: Espantapájaros. Oliverio Girondo.
EL ULTRAÍSMO: JORGE LUIS BORGES.

El Sur.
Desde uno de tus patios haber mirado
las antiguas estrellas,
desde el banco de
la sombra haber mirado
esas luces dispersas
que mi ignorancia no ha aprendido a nombrar
ni a ordenar en constelaciones,
haber sentido el círculo del agua
en el secreto aljibe,
el olor del jazmín y la madreselva,
el silencio del pájaro dormido,
el arco del zaguán, la humedad
-esas cosas, acaso, son el poema.

ATARDECERES.
La clara muchedumbre de un poniente
ha exaltado la calle,
la calle abierta como un ancho sueño
hacia cualquier azar.
La límpida arboleda
pierde el último pájaro, el oro último.
La mano jironada de un mendigo
agrava la tristeza de la tarde.

El silencio que habita los espejos
ha forzado su cárcel.
La oscuridá es la sangre
de las cosas heridas.
En el incierto ocaso
la tarde mutilada
fue unos pobres colores.

CAMPOS ATARDECIDOS.
El poniente de pie como un Arcángel
tiranizó el camino.
La soledad poblada como un sueño
se ha remanzado alrededor del pueblo.
Los cencerros recogen la tristeza
dispersa de la tarde. La luna nueva
es una vocecita desde el cielo.
Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo.

El poniente que no se cicatriza
aún le duele a la tarde.
Los trémulos colores se guarecen
en las entrañas de las cosas.
En el dormitorio vacío
la noche cerrará los espejos.
De: “Fervor de Buenos Aires”.(1923)
Tomados de: Breve Antología. Poesía Latinoamericana de Vanguardía.

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